The White Dog
El monasterio Pelkor Chode fue construido en el siglo XV y es el único del país que ha concentrado a monjes de distintas escuelas budistas, como la Orden de los Gorros Amarillos (Galupas), la Sakya de Gorros Rojos y la Kadampa. Su estilo arquitectónico mezcla influencias, y su energía también.
Por alguna razón, algo empezó a transitar por nuestro interior. Creí que era yo, pero luego Sofía me lo confirmó. A diferencia de otros monasterios, aquí se podía tocar, y cada contacto de nuestras manos con las divinidades locales generaba una conexión que movilizaba emociones.
A esta emocionalidad creciente tal vez contribuyó la explicación en detalle de las bondades de White Tara, a quien invocaba constantemente Lobsang. "Tara" significa protectora o salvadora en sánscrito. Tara Blanca es la deidad femenina que podía resolver cualquier situación, nada estaba fuera de su poder. La que aprendió a invocar con un mantra sentado en el regazo de su mamá.
Mi mente, desde niño, ha tenido, desde que tengo consciencia, la funcionalidad de crear imágenes a las palabras. Así que mientras escuchaba su relato, veía al pequeño Lobsang bajo la luz tenue del amanecer, abrazado por su mamá, meciéndolo, oscilando en una oración mántrica sin fin que hacía vibrar el entorno y el interior. OHM TARE TU TARE TURE SUO HA es la forma reducida, en forma de mantra, de una extensa oración que surge de sus labios en cada lugar sagrado.
Todo fue distinto ese día. Nada tenía que ver con las otras visitas a monasterios. Era una sensación diferente, estábamos siendo parte. Dejamos una ofrenda brillando en forma de candela, bajo la mirada de un monje, tal vez pensando en la rareza de esos occidentales tan sumidos en sus creencias.
No sé bien qué pasó en ese monasterio, pero las emociones fueron apenas contenidas en una creciente vibración, una movilización interior.
Esa contención la derrumbó por completo el perro blanco, o perra, no lo sé, realmente no importa.
Salió de la nada y corrió hacia Sofía como si la reconociera de otra dimensión. No era el primero: ya en nuestra peregrinación tibetana, perros y gatos terminaban en sus brazos. Pero esto era distinto, había algo especial.
También se acercaron niños y sus familias. Las imágenes de Sofía rodeada de gente ya eran un clásico. Todos querían una foto con ella. Pero hoy sería con ella y la anfitriona blanca.
Me llamó con su mirada, como diciendo: "córtala con las fotos, es tu turno". Le di mi celular a Lobsang, me acerqué, me agaché, la acaricié, luego la abracé y, al tocar nuestras cabezas, la contención se desmoronó. Comencé a llorar como un niño, como no lo hacía desde hace mucho tiempo, tanto, que mi cuerpo físico no lograba coordinar esa emoción.
No tengo registro de cuánto duró ese momento. Nos separamos camino a ingresar a Kumum, la gran stupa que estaba a nuestras espaldas, que es en sí un mandala tridimensional. El sol comenzó a brillar, dándole una belleza superior. Todo fue más lento, silencioso. No importaban los datos históricos, simplemente disfrutar ese instante siguiendo el camino ascendente del mandala en sentido horario. He leído que los mandalas están destinados a ayudar a un individuo en el camino hacia la iluminación. Lejos, muy lejos estamos, pero tal vez lo importante está en recorrer el camino y en darse cuenta de que no se necesita de intermediarios; es personal, es hacia adentro. Lo que sí nos vienen bien son los guías, esos que nos asisten en y de diferentes formas, esos que, aquí aprendí, no están solo escondidos bajo un disfraz de humanos.
La guía blanca nos esperó abajo. Ya no hubo lágrimas, solo caricias de despedida. Camino a la salida fuimos en silencio, girando con la mano los cilindros de rezo que encontrábamos al paso.
No fue inmediato; pasó un tiempo antes de que mi mente terrenal se diera cuenta. Como una medicina que demanda un tiempo para su efecto. Y eso que era bastante obvio, pero aunque venimos bastante bien, cuesta burlar nuestra programación: White Tara - White dog...
Creo que recién ese día, en Gyantse, llegamos al Tíbet, a ese portal dimensional, en el techo del mundo…


